domingo, 25 de mayo de 2008

Déjà vu

Ilustración: Andrea Albarenga.

Puesto a recordar, solía volver la imagen de ese rostro con lágrimas pintadas, una debajo de cada ojo.
La hallaba reiteradamente en más de una esquina, en cualquier calle y a diversas horas. En el cine y también en aquella plaza. Ahora que lo pensaba, especialmente en aquella plaza.
Eran tiempos de una tristeza pegajosa, que no se quitaba con nada. Apenas se atenuaba, pero tenuemente.
La primera vez que se cruzó con ese rostro fue un domingo de octubre, lo recordaba con claridad. Si lo vio fue por pura casualidad, porque ese domingo le era difícil levantar la vista del suelo. Creyó advertir las lágrimas, pero eso en aquel momento no le importó.
Después, ver esas lágrimas, de un color verde musgoso, le molestaba. Le disgustaba. En la plaza, aquella de tantas tardes felices, ese rostro parecía emerger de una sombra.
Ojos muy profundos, pero opacos, dominaban la imagen. Vertían, esos ojos, una mirada extraña y honda que se le incrustaba, crítica, en los suyos. Aunque de eso se fue dando cuenta con el tiempo.
Hubo un día especialmente aciago en esa época de su vida, que siguió a una noche en la que terminó deshecho por el desengaño, la rabia y el alcohol.
Ese día de mayo se topó con el rostro y sus lágrimas a cada momento, sin calma ni tregua. Ese día odió con firmeza a esos ojos, a su hondura y a su opacidad. Meditó sobre la naturaleza de sus apariciones, e incluso dudó de su real existencia.
La última vez que lo vio, sentado en un bar, miraba la noche a través de la ventana. Lo distinguió a lo lejos, como un reflejo. La mirada, antes crítica, fue esa vez fugaz. A la distancia no alcanzó a ver las lágrimas, pese a que lo intentó. Supo, o pretendió saber, que a partir de esa noche ya no volvería a cruzarse con ese rostro ensombrecido.
Pero puesto a recordar, volvía aquella imagen. A veces le parecía insensato pensar que pudo tratarse de una alucinación. En ocasiones estaba seguro de que no podía ser otra cosa. Le alegraba no tener que enfrentarse con esas lágrimas, pero más le satisfacía no temer un eventual cruce.
Con el tiempo, el tiempo confirmó su fama de sanador.
Una vez que se sintió en condiciones, buscó con obsesión aquella imagen. Encontró ojos profundos, también opacos. Similares, afines, a los que buscaba. Pero no halló lágrimas musgosas debajo de ninguno de ellos.
Una noche de tantas comprendió lo absurdo de su búsqueda. Y también que no había llegado a dimensionar cabalmente la oscuridad de ese período de su vida. El sueño lo venció.
Volvió a vivir aquel domingo de octubre. Llegó a su casa y se tiró en la cama. Sintió que la vida puede dejar de tener sentido en un instante, o que un instante puede ser revelador del vacío de un ser. No estaba seguro. La desesperación consumió lo que quedaba de él.
El sueño era tan real que mientras soñaba se renovaron sensaciones terribles.
Desconsolado, dejó la cama y fue hasta el baño. Encendió la luz y se miró al espejo. Era, todo él, una derrota inesperada. Estaba desencajado y sus ojos, enrojecidos.
Tomó los cigarrillos y salió a la calle. Caminó un par de cuadras, con la vista pegada al suelo, hasta que llegó al parque.
Notó que estaba anocheciendo cuando sintió que alguien lo observaba. Levantó la vista y reconoció aquel rostro. Tenía dos lágrimas de un verde gastado debajo de los ojos.
Era, indudablemente, el rostro de aquel domingo. Era su rostro.
Después, despertó.

viernes, 16 de mayo de 2008

Amanece en la ruta


Y ahora todo es una luz tan clara
que a mi lado ya no hay nada

María Sol dijo sí esa noche, por primera vez. No hizo falta más. Nicolás sintió que su instinto y su mente libraban una inaudita batalla cuyo botín era, apenas, una forma. La forma de sentir y hacer sentir vida, en estado puro. Comprobó que las hostilidades no eran tales porque sus ansias se le sometían.
Inició, Nicolás, un recorrido lento, hermosísimo. Tenía un punto de llegada preciso, pero el sabor de cada centímetro le impedía avanzar con rapidez. Al fin llegó. Su boca era el eje de su ser en ese instante, y mansamente intuyó la savia. Descubrió después el gusto.
Ella cerró los ojos, se tensaron los músculos de su cuello, su piel le parecía ser todo cuanto poseía. Estrujó el pelo de Nicolás, presionó hacia abajo, contra su pubis, y abrió sus piernas más y más.
Perdió, María Sol, la noción del tiempo. Percibía cada sensación como única, y a la vez no reconocía ya la particular consecuencia de una caricia, de un susurro propio o de un silencio, sino como parte de un todo. De un ensueño tan real que la impresionaba.
Se disponía a concebirse como alguien distinta. Y así fue, de un momento para otro.
Cuando sintió que él era totalmente suyo lo abrazó con todas sus fuerzas. Nicolás se quedó inmóvil. Buscó su cara y la vio sonreír, plena, mientras profusas lágrimas no virginales la embellecían como nunca. Comprendió que nada debía decir, ni hacer.
Así se quedaron, adormecidos.
Luego llegó el momento de partir. El reloj aseguraba que ya eran las seis. Se rieron de lo absurdo del tiempo. No querían dejar esa habitación de hotel, nunca más, pero la ciudad los esperaba.
Amanecía cuando salieron a la ruta. Ella se acurrucó contra el brazo de su hombre. Pensaba, con los ojos cerrados, que era posible recordar algo que aún latía dentro de sí.
¿Recordar el presente?
Sólo abría los ojos para observar conducir a Nicolás. Ver su gesto de satisfacción la conmovía, y era delicioso dejar caer los párpados para recrear, otra vez, el exacto momento en que él la cambió para siempre.
Sin siquiera notarlo se durmió. Soñó que era ella, en esa noche. Con asombrosa intensidad el sueño le mostró a Nicolás desatando tempestades en sus entrañas. Luego se vio abrigada contra su brazo; más tarde pudo verse con los ojos posados en su rostro satisfecho. El de él.
También perdió en el sueño la noción del tiempo. No era de noche, ni de día. Una luz tibia era ahora la felicidad. La luz la cegaba. No veía a Nicolás. Sólo a las llamas.

Y comprendo que eso no era un sueño,
en ese auto estaba yo
ese auto estaba todo roto
y con fuego en su interior


Ilustración de Andrea Albarenga.