Ilustración: Andrea Albarenga.Puesto a recordar, solía volver la imagen de ese rostro con lágrimas pintadas, una debajo de cada ojo.
La hallaba reiteradamente en más de una esquina, en cualquier calle y a diversas horas. En el cine y también en aquella plaza. Ahora que lo pensaba, especialmente en aquella plaza.
Eran tiempos de una tristeza pegajosa, que no se quitaba con nada. Apenas se atenuaba, pero tenuemente.
La primera vez que se cruzó con ese rostro fue un domingo de octubre, lo recordaba con claridad. Si lo vio fue por pura casualidad, porque ese domingo le era difícil levantar la vista del suelo. Creyó advertir las lágrimas, pero eso en aquel momento no le importó.
Después, ver esas lágrimas, de un color verde musgoso, le molestaba. Le disgustaba. En la plaza, aquella de tantas tardes felices, ese rostro parecía emerger de una sombra.
Ojos muy profundos, pero opacos, dominaban la imagen. Vertían, esos ojos, una mirada extraña y honda que se le incrustaba, crítica, en los suyos. Aunque de eso se fue dando cuenta con el tiempo.
Hubo un día especialmente aciago en esa época de su vida, que siguió a una noche en la que terminó deshecho por el desengaño, la rabia y el alcohol.
Ese día de mayo se topó con el rostro y sus lágrimas a cada momento, sin calma ni tregua. Ese día odió con firmeza a esos ojos, a su hondura y a su opacidad. Meditó sobre la naturaleza de sus apariciones, e incluso dudó de su real existencia.
La última vez que lo vio, sentado en un bar, miraba la noche a través de la ventana. Lo distinguió a lo lejos, como un reflejo. La mirada, antes crítica, fue esa vez fugaz. A la distancia no alcanzó a ver las lágrimas, pese a que lo intentó. Supo, o pretendió saber, que a partir de esa noche ya no volvería a cruzarse con ese rostro ensombrecido.
Pero puesto a recordar, volvía aquella imagen. A veces le parecía insensato pensar que pudo tratarse de una alucinación. En ocasiones estaba seguro de que no podía ser otra cosa. Le alegraba no tener que enfrentarse con esas lágrimas, pero más le satisfacía no temer un eventual cruce.
Con el tiempo, el tiempo confirmó su fama de sanador.
Una vez que se sintió en condiciones, buscó con obsesión aquella imagen. Encontró ojos profundos, también opacos. Similares, afines, a los que buscaba. Pero no halló lágrimas musgosas debajo de ninguno de ellos.
Una noche de tantas comprendió lo absurdo de su búsqueda. Y también que no había llegado a dimensionar cabalmente la oscuridad de ese período de su vida. El sueño lo venció.
Volvió a vivir aquel domingo de octubre. Llegó a su casa y se tiró en la cama. Sintió que la vida puede dejar de tener sentido en un instante, o que un instante puede ser revelador del vacío de un ser. No estaba seguro. La desesperación consumió lo que quedaba de él.
El sueño era tan real que mientras soñaba se renovaron sensaciones terribles.
Desconsolado, dejó la cama y fue hasta el baño. Encendió la luz y se miró al espejo. Era, todo él, una derrota inesperada. Estaba desencajado y sus ojos, enrojecidos.
Tomó los cigarrillos y salió a la calle. Caminó un par de cuadras, con la vista pegada al suelo, hasta que llegó al parque.
Notó que estaba anocheciendo cuando sintió que alguien lo observaba. Levantó la vista y reconoció aquel rostro. Tenía dos lágrimas de un verde gastado debajo de los ojos.
Era, indudablemente, el rostro de aquel domingo. Era su rostro.
Después, despertó.
